jueves, 9 de junio de 2011

La función política del deporte

La función política del deporte.
Notas para una genealogía
Eduardo de la Vega (Argentina)
Lic. en Psicología (Universidad Nacional de Rosario)
Trabajo presentado en el IIº Encuentro de Deporte y Ciencias Sociales Facultad de Filosofía y Letras - UBA
Organizado por el Area Interdisciplinaria de Estudios del Deporte - 6 de noviembre de 1999
Resumen
El dominio del deporte se configuró en la Grecia clásica a partir de un entramado constituido por la política, la filosofía, las artes y la guerra. La enkrateia (temperanza) configuró el elemento central de una problematización ética que estaba en el centro del dominio en constitución.
El triunfo del cristianismo en la Europa feudal eliminó ciertos aspectos de la cultura griega, aunque conservo y transformo otros. El gymnasio y la palestra desaparecieron en beneficio de la basílica, nuevo centro de la sociabilidad medieval. Los juegos agonísticos fueron prohibidos, aunque no desaparecieron.
Las sociedades modernas transformaron profundamente los antiguos juegos medievales e inventaron un nuevo dispositivo -el deporte moderno- de producción de placer, pero también de control, disciplinamiento y formación de la subjetividad. El nuevo dispositivo surgió a través de la inclusión de códigos, normas, restricciones en los antiguos juegos (caza, pelota, etc.) que progresivamente fueron adoptadas por las elites y posteriormente universalizadas. La codificación no solo afectó a los pasatiempos sino que también surgió en otros dominios (política, costumbres, etc.). La función política del deporte moderno no hay que pensarla en términos de represión sino de goce; tampoco de homosexualidad sino de implantación de nuevas formas de la sexualidad; mucho menos como la encarnación de un principio (fascismo, nacionalismo, etc.) que se disemina en ciertas instituciones, sino como un dominio con una lógica propia y formas propias de funcionamiento, que se verifican a nivel molecular, local, regional como relaciones de poder específicas y que luego se pueden incluir en estrategias más globales o generales de dominación.
Palabras clave: Deporte. Historia. Mecanismos de poder. Función política del deporte.

Introducción
Deporte y política es un tema ya clásico en las investigaciones que exploran el dominio deportivo. La función política del deporte alude sin duda a la forma en que éste se articula con los mecanismos de poder y a los efectos que dicha articulación produce.
La concepción marxista clásica sitúa en las fuerzas económicas la razón de ser actual e histórica del poder y ubica a lo político, lo jurídico y lo ideológico como epifenómenos de dichas fuerzas materiales. El análisis marxista supone un centro del poder (las clases hegemónicas, el Estado), del cual parte en sentido descendente para comprobar cómo los efectos de ese poder central se reproducen en los distintos estamentos de la sociedad (clases sociales, instituciones, grupos, etc.).
Actualmente existe una tendencia que induce a abandonar estos esquemas descendentes en el análisis de los mecanismos de poder para adoptar un recorrido inverso. Se trata de pensar al poder no en su centro sino en su periferia, no en las estrategias más generales de dominación sino en las prácticas concretas, específicas en las que se constituyen relaciones locales de poder, con lógicas propias y un régimen propio también de constitución y transformación.
Este método - al que Foucault1 llamó genealogía, y que aplicó al estudio de la sexualidad y la locura, entre otros - resulta sumamente útil, según creo, en la exploración del deporte en su articulación al poder.
En primer lugar porque el enfoque clásico no nos dice mucho acerca del deporte y la mayoría de las veces termina en elucubraciones un tanto alejadas de las prácticas concretas en cuestión. Es el caso de Sebrelli quien ve en el fútbol un poderoso instrumento de dominación inventado por las clases hegemónicas de las sociedades burguesas. Esta tesis, que no es en sí misma incorrecta, adquiere matices confusos cuando intenta dar cuenta de la naturaleza de los mecanismos específicos de dominación que se articulan con relación al fútbol2 . La utilización, en este sentido, del concepto psicoanalítico de represión -que hace aparecer al deporte con una estructura similar a la del síntoma freudiano- produce perplejidad en cualquier investigador que conoce de cerca a la doctrina psicoanalítica y al deporte.
A la inversa, el enfoque genealógico permite ubicar los mecanismos específicos de dominación que se articularon en el punto mismo de constitución del dominio del deporte, su naturaleza, su lógica, sus puntos concretos de inserción. Permite también perseguir todos esos efectos a través de sus transformaciones históricas, así como también la forma en que los mismos fueron anexados, colonizados, recodificados por otras practicas y otros discursos. Finalmente, entonces sí, es posible trazar un mapa de conjunto que permita ver cómo las prácticas locales son englobas por estrategias más generales de dominación.
LA AGONISTICA GRIEGA: EL DOMINIO DE SÍ MISMO
Desde esta perspectiva, mi intención es situar una serie de prácticas y discursos que permitan trazar algunos contornos de lo que podríamos llamar una genealogía del deporte.
Conocemos la importancia que los juegos agonísticos tuvieron para los griegos, no así la función política (y también ética) de los mismos.
Los griegos problematizaron por primera vez un dominio ético que incluía al cuerpo y los placeres para articularlo con el campo de la política en un contexto bien delimitado, el de la polis.
Durante el siglo clásico asistimos al despliegue de una voluntad de autoestilización, que surgió en la aristocracia griega e incluyó prácticas tan disímiles como la retórica, el teatro, la filosofía, la música, el teatro y los juegos3 . Una ética del cuidado de sí se elaboró con relación a los placeres del cuerpo. Se trataba de una preocupación por el cuidado de uno mismo que se extendía a los bienes privados (como la casa y las propiedades en general) y al ámbito público (política).
Los placeres (no sólo los placeres sexuales) eran considerados por los griegos, buenos o malos, según el uso que se hacía de ellos. Constituían una naturaleza susceptible de inducir a todo tipo de excesos por lo que debía ser objeto de control. La relación con los placeres, su dominio, era pensada por los griegos sobre el modelo de la justa deportiva y la batalla, es decir, como una relación agonística con uno mismo.
Para un enfrentamiento tal, era necesario prepararse, entrenarse. El ejercicio tomaba así su lugar estratégico, tanto en el ámbito de la filosofía y la retórica, como en el del teatro, la música y los juegos.
El dominio de sí constituía una virtud privada que se proyectaba en lo público: el ciudadano capaz de llevar una vida equilibrada, que no caía en los excesos propios de las clases incultas, estaba en condiciones de competir para el acceso a los cargos políticos. Es decir, la adquisición de la temperancia (enkrateia) era necesaria para la formación del hombre libre como también para la formación del ciudadano que se preparaba para gobernar a los demás.
Los espacios públicos: el ágora, el teatro, los juegos constituían los lugares donde los jóvenes sobresalían en el ejercicio de la temperancia y se promocionaban para la vida política.
Es necesario destacar algunos rasgos esenciales de esta ascética para comprender la posición radicalmente diferente de los antiguos juegos griegos con relación al deporte moderno.
En primer lugar se debe subrayar que el entrenamiento del ciudadano virtuoso no se realizaba siguiendo un corpus sistemático de técnicas, procedimientos y recetas. No se articulaba como una relación de sumisión al saber de un Otro. Si bien existía una elaboración de principios generales para el uso de los placeres - en la filosofía, en la medicina -, éstos no prescribían ni la forma ni los contenidos de los mismos. Su utilización correspondía más bien a una estética de la existencia4 que definía lo esencial del hombre libre en su relación con la verdad.
Pronto veremos iniciarse todo un conjunto de transformaciones en esta ascética - introducidas primero por el estoicismo y el epicureísmo, y generalizadas luego por el cristianismo - que van a desvincular diversos aspectos de la misma. Por un lado veremos producirse una desvinculación entre las técnicas del dominio de sí y las que permiten gobernar a los otros; y por el otro asistiremos a una demarcación y desprendimiento de los juegos competitivos del ámbito de la ética y la virtud.
El cristianismo durante el medioevo generalizó una nueva tecnología del dominio de sí centrada en el examen de conciencia y los ejercicios espirituales, y en la sumisión absoluta del sujeto a un saber Otro.
La ascética cristiana instituye una nueva relación con el cuerpo edificada esencialmente con relación a la sexualidad (a su prohibición, pero también su puesta en discurso, su desciframiento, etc.). Los juegos agonísticos pierden absolutamente su virtuosidad, son prohibidos y serán recuperados quince siglos después por las sociedades pre-industriales, esta vez, como actividades de recreación.

EL CUERPO VIRTUOSO Y EL CUERPO LABORIOSO
En el contexto griego el culto del cuerpo se convirtió en un símbolo que designaba la superioridad de una clase que no se privó de proclamarse ante todos como tal.
El cuerpo de los ejercicios, de los placeres, del juego era el cuerpo virtuoso de los políticos, de los filósofos, de los propietarios; en definitiva, no se trataba de otra cosa que de un cuerpo de clase, de esa única clase que para los griegos constituía "la humanidad plenamente humana y no mutilada"5 .
Como contraste, la aristocracia griega opuso a su ideal virtuoso del cuerpo, el cuerpo laborioso que concernía a las 4/5 partes de la población de entonces. El trabajo, tanto el de los campesinos, pescadores, pastores, esclavos o libres era descalificado, ya que sólo los hombres ociosos se hallaban moralmente conformes con el ideal humano y merecían ser ciudadanos de pleno derecho.
Según Aristóteles "La perfección del ciudadano no califica al hombre libre sin más ni más, sino sólo a aquel que se ve libre de tareas necesarias a las que se dedican siervos, artesanos y braceros; estos últimos no podrán ser ciudadanos, si la constitución otorga los cargos públicos a la virtud y al mérito, ya que no es posible practicar la virtud si la vida que uno lleva es de obrero o bracero"6 .
Si los nobles del Antiguo Régimen medieval se consideraban absolutamente superiores al término medio de la humanidad, los notables del mundo grecorromano estaban convencido de constituir la humanidad plena y completa, la humanidad normal.
El advenimiento de la modernidad ha permitido reconocer en el trabajo un verdadero valor universal. Este reconocimiento no proviene del supuesto humanismo que frecuentemente se pretende atribuir a la racionalidad moderna, sino de la necesidad de mantener las jerarquías y reducir los conflictos sociales. "En eso ha consistido la paz social de los corazones hipócritas" - sostiene P. Veyne. "El misterio del desprecio antiguo por el trabajo consiste simplemente en que los avatares de la contienda social no habían desembocado aún en ese armisticio provisional de la hipocresía"7 .
Este desprecio por el trabajo, que en realidad era un desdén social por los trabajadores, se mantuvo hasta el siglo XIX, cuando la modernidad introdujo - después de Marx - la valoración social y filosófica del mismo; después también de que la burguesía - como veremos - pudiera reconocer un cuerpo sano y vigoroso a las clases que explotaba.

EL SURGIMIENTO DEL DEPORTE
Foucault estudia el origen de una nueva tecnologías del cuerpo en los ejercicios espirituales que se generalizaron hacia el siglo XVI en los monasterios de la Europa feudal. Esta nueva ascética, a diferencia del arte antiguo del cuidado de sí, se sustentaba en la obediencia a un código sumamente elaborado y en la sumisión absoluta al Otro. Las nuevas técnicas del disciplinamiento surgieron también en el taller y en la escuela. Más tarde serán introducidas en el ejército, hasta que finalmente las ciencias humanas y sus instituciones lograrán la dispersión de las mismas y su generalización.
Las técnicas disciplinarias se caracterizan por una voluntad que pone énfasis en controlar y vigilar más que en reprimir y castigar. Utiliza coacciones débiles pero múltiples - dispuestas estratégicamente en las relaciones locales de poder (entre el abad y el monje, el maestro y el alumno, el jefe y el soldado) - que controlan y corrigen las operaciones del cuerpo. Utiliza también un conjunto de reglamentos, códigos y saberes que disponen la organización del espacio, del tiempo y de los actos para ordenar los desplazamientos, intensificar el instante y economizar los gestos. Los trabajos de Foucault sobre la constitución de una nueva mecánica de poder que toma al cuerpo como blanco predilecto, no exploran el ámbito de los juegos físicos y el deporte, donde la cuestión del cuerpo se muestra en toda su densidad.
Es probable que la primera articulación de las sujeciones disciplinarias sobre el cuerpo se elaboraran en las prácticas de cacería que, desde la alta edad media, cultivó la relación del hombre con el animal.
Durante todo el medioevo, la caza de animales salvajes constituyó uno de los principales pasatiempos, además de una necesidad de subsistencia y una preparación para la guerra. La relación con el animal se estableció a través de una doble vía: de familiaridad y amistad con los animales domésticos que ayudaban a cazar; y de agresividad, temor y admiración por los animales salvajes perseguidos en la cacería.
La generalización de la caza en la Europa del siglo V constituyó el testimonio del ascenso general de la agresividad en estas sociedades guerreras. Según M. Rouche, "cuando se leen las repetidas condenas de todos los concilios merovingios y carolingios contra los miembros del clero que llevaban armas y cazaban con perros y halcones, (ha) de concluirse que el arte de matar se había convertido en una pasión devoradora que alcanzaba incluso a quienes no tendrían que haber sido sino unos pacíficos pastores."8
Fue en este contexto donde se especificaron en una forma bastante generalizada las relaciones de domesticación del animal. Allí se introdujo por primera vez en la historia - mucho antes que en los ejércitos prusianos9 - el ejercicio del cuerpo (en este caso del animal) articulado en una relación de sumisión y amor al otro.
La caza constituyó el ámbito donde surgió, también por primera vez en la historia, un dispositivo que tenía las principales características de lo que hoy conocemos como deporte. Tal dispositivo apareció en el punto mismo en que la expresión de las contiendas sociales pasó de la guerra a la política, al mismo tiempo que se formaba el estado nacional y se constituía el primer parlamento moderno10 .
Según Norbert Elías, la caza del zorro en la Inglaterra del siglo XVIII fue uno de los primeros pasatiempos que adquirieron la forma del deporte, cuando caballeros y gentleman propietarios de grandes extensiones de tierras elaboraron refinados códigos de conducta e impusieron severas restricciones a las antiguas formas de cacerías. Estos códigos prescribían en primer lugar la prohibición de utilizar armas, lo que impedía al cazador matar al zorro. Por otra parte, los animales - quienes estaban cuidadosamente entrenados para perseguir y matar al zorro - también debían obedecer una serie de normas y restricciones antes de proceder a la matanza. Una nueva sensibilidad surgió con relación a los nuevos sports. Los códigos elaborados y celosamente custodiados por caballeros prescribían las formas de un novedoso y refinado dispositivo del placer; de un ritual exclusivo que anudaba el cuerpo al goce, prefigurando en la relación del hombre con el animal las formas modernas de la domesticación.
La invención del deporte se produjo en el seno de una clase social que preparó el terreno para los primeros desarrollos del capitalismo naciente, cuando desplazó del centro del poder a los antiguos representantes del absolutismo monárquico. Durante el siglo XVIII, una elite de grandes propietarios rurales que no provenían, en su gran mayoría, de la nobleza, pero contaba con los resortes del poder económico y político de Inglaterra, elaboró con relación al cuerpo - y no solamente en el campo del deporte - el nuevo símbolo de distinción de una clase que se convertía en hegemónica.
El análisis marxista clásico ve en los deportes - en el fútbol principalmente - un sofisticado instrumento que la burguesía introdujo para dominar al proletariado. Sin embargo, al estudiar el nacimiento moderno de aquéllos, vemos - en forma absolutamente clara a propósito de la caza del zorro, pero también en el fútbol practicado en las escuelas de las elites inglesas - la autoafirmación de una clase mas que la herramienta para el sojuzgamiento de otra.
La burguesía convirtió la sangre azul de los nobles en un cuerpo con buena salud y una sexualidad sana11 . Se trató de la constitución de un cuerpo de clase, protegido, cultivado, dotado de un valor diferencial, enriquecido por el trabajo especializado de los nuevos códigos que surgían y se generalizaban en los albores mismos de la modernidad.
La burguesía, en el siglo XVIII, elaboró numerosos y diversos mecanismos que tomaban al cuerpo como objeto de operaciones que lo especializaron a la vez que reproducían sus fuerzas; lo sexualizaron a través de la invención e implantación de nuevas formas del goce; lo convirtieron también en objeto de saber al mismo tiempo que configuraba- en todas las relaciones de domesticación que se establecían: en los deportes, en la educación, en el cuidado de la población, en los controles sobre la sexualidad de los niños, etc.- las condiciones para el surgimiento de nuevas y más eficaces formas de sometimiento.

DEPORTE Y CONTROL SOCIAL
Desde esta perspectiva es posible pensar la forma en que el deporte pudo convertirse en un instrumento de control social, tan importante como el resto de los dispositivos disciplinarios que se generalizaron en Occidente a partir, aproximadamente, del siglo XVIII.
Los nuevos sports de las clases poderosas - más allá de constituir el símbolo de la distinción burguesa - tuvieron un papel fundamental en la transformación de los violentos y peligrosos pasatiempos populares que sobrevivieron en Europa a lo largo de toda la edad media.
En el siglo XVII, existía en Inglaterra un juego de pelota parecido al fútbol y al rugby, practicado por campesinos y artesanos, que se realizaba en forma ritual durante las festividades religiosas del Martes de Carnaval.
A pesar de las reiteradas prohibiciones que las autoridades establecieron sobre dicho juego, el mismo se jugaba año tras año luego de que los participantes entregaran al terrateniente del lugar algún pequeño valor en forma de tributo.
El juego estaba regido por algunas pocas reglas sancionadas por la tradición - diferentes según los lugares y las épocas - que frecuentemente se transgredían dando ocasión a las peleas. No existían árbitros, ni espectadores; sólo estaban los jugadores que, según algunos testimonios, podían ser miles12 .
La transformación de los juegos medievales se inició en un contexto social dominado por la relación profundamente desigual entre un campesinado relativamente libre y los nuevos terratenientes del capitalismo pre-industrial.
En el seno de esta nueva clase se articuló por primera vez una relación particular entre los campesinos y sus Señores, a propósito de los juegos populares, cuando la superioridad de clase estaba asegurada y una tecnología de control - elaborada en los exclusivos reductos del ocio burgués - comenzaba a desplegarse sobre las capas rurales y urbanas.
Las carreras de caballos, algunos juegos de pelota, el boxeo y otros pasatiempos populares comenzaron durante el siglo XVIII a ser organizados, promovidos y patrocinado por la burguesía, dando origen, incluso, a las primeras formas profesionales de la práctica del deporte13 .
Así fue como se introdujo en los juegos campesinos y urbanos el dispositivo utilizado por las elites. Aparece en primer lugar el patrocinador quien utilizará sus influencias para crear formas organizadas y reglamentadas de juego, pero que funcionará también como controlador de los deportistas que patrocina. Aparecerán también las primeras reglamentaciones que transformarán los juegos en prácticas menos violentas y cada vez más codificadas.
La práctica de los antiguos juegos medievales fue progresivamente transformada por toda una serie de reglas escritas, instituciones de control, controladores, adiestradores que cambiaron radicalmente su naturaleza y función social/política.


CUERPO GOCE Y SABER
El deporte inventado y practicado por las elites inglesas y transferido luego a las clases populares no puede concebirse como una forma de represión, ni de las pulsiones sexuales ni de las luchas sociales. Los efectos de dominación inducidos por el deporte - como también por otras prácticas modernas - toman a los cuerpos y sus placeres para proliferar, especializar, anexar, multiplicar sus fuerzas, más que para prohibir sus intensidades.
Si los juegos medievales eran -como sostienen Elias y Dunning- formas institucionalizadas y rituales que ponían en escena una especie de catarsis social14 , las formas modernas del juego - reglamentadas, institucionalizadas y controladas - inducen efectos que deben ser pensados no tanto por la negatividad de sus restricciones sino por la forma positiva de lo que produce. Es decir, no se trata de hacer el elogio al juego libre y salvaje - perdido a partir de su reglamentación e institucionalización -, ni tampoco de plantear globalmente la función homeostática del deporte moderno. Se trata de ver, en la invención de éste, la aparición de un nuevo y sofisticado dispositivo de producción del goce, así como también de nuevas formas de articulación entre el saber, el cuerpo y el poder.
En los juegos antiguos, el placer principal estaba centrado en el desenlace de los mismos, en su conclusión. En la caza, la persecución del animal era un placer secundario con relación al verdadero placer: el de matar al animal. En los juegos con pelota cualquier recurso podía utilizarse para desequilibrar la balanza y alzarse con la victoria.
La introducción de los reglamentes y controles permitieron equilibrar las fuerzas, prolongar el enfrentamiento, hacer menos fácil la victoria, al mismo tiempo que se aumenta la emoción. La codificación introduce un cambio significativo en la estructura misma del deporte: coloca en el centro del dispositivo el desarrollo del juego, no su clímax; y es hacia aquél hacia donde confluye ahora lo fundamental del goce.
El énfasis puesto en el juego más que en su conclusión, se expresa también en la ampliación de las competencias a niveles que trascienden el espacio local. El club, la asociación, la federación, etc., surgen como los soportes institucionales de un dispositivo en rápida expansión.
La tendencia a constituir ámbitos de competencia cada vez mayores y más especializados no disminuyen la creatividad o el placer del juego, ni destruyen su ludismo - como sostienen algunos análisis. En el deporte actual, más allá de todos los mecanismos que lo codifican, el placer - ya sea como práctica o espectáculo - está amplificado a un nivel jamás antes alcanzado. El mundial de fútbol, los play–of finales de la NBA, como la mayoría de los espectáculos del deporte son la ocasión para el despliegue de un virtuosismo creador y gozoso que disfrutan tanto los protagonistas como los espectadores que siguen dichos eventos.
Otro elemento del nuevo dispositivo que merece nuestra atención lo constituye el surgimiento de una nueva forma de placer asociado a la mirada. Cuando el cazador se prohibió matar al animal, el goce quedó desplazado del acto a su contemplación. Se trata ahora del placer de contemplar el espectáculo que está ligado también al de adiestrar, cuidar, vigilar y controlar al animal. No es difícil situar en este movimiento el nacimiento del entrenador y del deseo que lo anima. Pero también del placer que sostiene el progresivo despliegue, dispersión y generalización del espectáculo del deporte moderno.
El espectador se constituye de esta forma en el apasionado voyeur que encuentra en el estadio, la TV o los periódicos los medios apropiados para la satisfacción de su goce. La burguesía inventó con el deporte nuevas, elaboradas y masivas formas de gozar. Junto a ellas vemos anudarse múltiples mecanismos locales, específicos de implantación de poder y producción de saber.
Las nuevas relaciones que se configuran en el deporte - entre el cazador y el animal, el patrocinador y el patrocinado, el entrenador y el jugador - establecen no sólo un vínculo de sometimiento sino también de especialización. El ejercicio del cuerpo progresa cada vez más hacia la reproducción de las fuerzas, la perfección de los movimientos y la eficacia en los rendimientos.
Dichas relaciones posibilitan también la constitución de un saber sobre el cuerpo deportivo, sus técnicas, sus tácticas y sus estrategias; sobre las prácticas alimentarias, médicas, psicológicas que contribuyen también a su cuidado y especialización. Los saberes técnicos (propiedad de los entrenadores y demás especialistas en adiestramiento) configuran la trama reticular de un poder microfísico que aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos de rendimiento y eficacia), a la vez que las disminuye (en términos políticos de obediencia).
Las disciplinas toman al cuerpo y lo constituyen como objeto de conocimiento, al mismo tiempo que lo expulsan como sujeto del saber que produce. La naturaleza de los mecanismos disciplinarios ha hecho posible que los saberes corporales construidos en el proceso histórico de desarrollo del deporte se hallan disociados del sujeto que los produjo y del poder que le concierne.
Allí está lo esencial de las sujeciones disciplinarias: escinden el saber del cuerpo, a la vez que aumenta la energía y capacidad del mismo. En una palabra: anudan el poder al cuerpo y al goce, neutralizando a través de una sujeción estricta la potencia que tal anudamiento induce.

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